Jurandi Assis, um ensaio crítico
por Jacob Klintowitz.   

Estar en el mundo es para el pintor Jurandi Assis un ejercicio de entrega absoluta. Él es totalmente receptivo al propio trayecto y su único guía es la intuición. Fue esta que lo orientó desde niño, que lo transformó en pintor y lo hizo recorrer el camino de la pequeña ciudad en el interior bahiano hasta São Paulo - la ciudad más grande de América del Sur -, no como un simple migrante de mano de obra inespecífica, sino como un autodidacta profesional del área de comunicación. De alguna manera, para el artista no hay interrogaciones sobre su modo de ser y su vocación, pero la aceptación de su tarea es un progresivo preparo para ejercer su actividad.

El destino, como un vector ya establecido, determina los enigmas, los objetivos y las opciones posibles. Cabe al artista disciplinarse, organizar y depurar sus medios, trabajando con el ahínco de un campesino. Jurandi Assis no está preocupado con las estaciones del año, con las bondades o agravios de la naturaleza: él prepara el terreno, siembra y cosecha.

Jurandi Assis reconoce el destino manifestado en las opciones de su vida y cumple con lo que le toca. No es necesario recurrir a la sabiduría y orientación del Oráculo de Delfos, pues no hay conflicto, y las dudas se aclaran a lo largo de la existencia. Es la justeza de la postura, la dedicación al trabajo, el respeto de las obligaciones sociales y familiares lo que determina su camino. De esta forma, la textura, el entrelazado de los hilos aparentemente sueltos crean el diseño de la realidad. Y es en ese diálogo, entre la acción individual y un plano superior sólo intuitivo, que el hombre y el artista cumplen con lo que les toca y perciben lo que les está reservado. La pintura de Jurandi Assis se sitúa, curiosamente, como una amalgama de polaridades. Por un lado es dionisíaca. El artista se entrega totalmente a las percepciones, permite que emerjan las memorias, las alegrías, los aromas y la visualidad que conoció y ama aún. Es un hombre dedicado al placer de la actividad, y con el vigor de quien encuentra en la expresión los mejores momentos que conoce. Por otro lado, organiza geométricamente el espacio y la composición, aproxima los colores por armonía, cuida los pasajes cromáticos y planea con detalles la visualidad de la obra. Basta contemplarla para conocer la mano y la mente del artista. Es Apolo presidiendo el arte.

Es rara esa síntesis que Jurandi Assis consigue en su trabajo. Más aún, sin observar el conflicto, la indecisión, la lucha de los opuestos. Ciertamente, aquí vale su concepción del Destino como entidad divina, como manifestación del carácter sagrado del cosmos. La aceptación religiosa de la realidad origina esa armonía de la acción pictórica. Aquí, se entiende religión como religare, reconectar, unir partes diversas, hacer de lo que está encima igual a lo que está abajo, hacer sagrado el espacio terreno a semejanza del espacio celeste. La cosmología terrena repite, en tercera dimensión, la cosmología sagrada de una dimensión más sutil.